El arte de la ciencia ficción y el steampunk en la música: genealogía, estética y futuro de un ecosistema sonoro
La intersección entre ciencia ficción, estética steampunk y música no es un fenómeno marginal de nicho, sino un territorio cultural que lleva más de siete décadas generando subgéneros, movimientos visuales y hasta filosofías políticas completas. Desde el jazz cósmico de Sun Ra en los años cincuenta del siglo pasado hasta los generadores de música retrofuturista con inteligencia artificial que proliferan en 2025, la idea de que el futuro —o un pasado alternativo— puede tener un sonido propio ha impulsado algunas de las propuestas más arriesgadas de la historia de la música popular.
Las raíces cósmicas: Sun Ra, Bowie y el nacimiento del sci-fi rock
El punto de partida obligado es Sun Ra y su Arkestra, la formación que desde mediados de los años cincuenta fusionó jazz de vanguardia, improvisación libre, vestimentas egipcias y una cosmología personal según la cual Ra procedía de Saturno. La Arkestra fue la primera orquesta de jazz en utilizar teclados electrónicos y bajo eléctrico, y su álbum Space Is The Place (1973) —acompañado de una película homónima que mezclaba documental, ciencia ficción y blaxploitation— se convirtió en piedra fundacional del afrofuturismo. No era mero teatro: Ra articulaba una crítica radical al sistema de opresión estadounidense, proponiendo un éxodo cósmico como metáfora de liberación negra. Su influencia caló en bandas tan dispares como MC5, Sonic Youth o Spiritualized, y la Arkestra, liderada por Marshall Allen desde 1995, fue nominada al Grammy en 2026.
El segundo gran catalizador fue David Bowie. Con «Space Oddity» (1969), compuesta tras múltiples visionados de 2001: A Space Odyssey de Kubrick, Bowie inauguró una rama del rock que trataba la ciencia ficción no como escapismo, sino como espejo de las ansiedades humanas. El salto cualitativo llegó con The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972), donde Bowie encarnó a un extraterrestre bisexual rockero que traía un mensaje de esperanza a una Tierra devastada por la escasez de recursos. Las referencias a rayos, invasores espaciales y viajes a través de agujeros negros convivían con una puesta en escena de lentejuelas y purpurina que transformó la música en teatro total. La mitología de Ziggy Stardust mezcla influencias que van desde Robert Heinlein hasta el teatro kabuki japonés, y su huella se extendería durante décadas por el glam, la new wave y la electrónica.
El space rock y la kosmische Musik: Hawkwind, Kraftwerk y la otra vía
Mientras Bowie operaba desde el estrellato pop, en los márgenes del underground londinense Hawkwind construían lo que se denominaría «space rock»: un género de repetición hipnótica, sintetizadores chirriantes, poesía recitada en directo y una conceptualización cósmica heredera de la psicodelia más radical. Sus discos clave —In Search of Space (1971), Doremi Fasol Latido (1972) y sobre todo Space Ritual (1973), capturado en vivo— establecieron un modelo de espectáculo con bailarinas, lightshows y arte gráfico de Barney Bubbles que narraba las aventuras de la «Nave Espacial Hawkwind» por el tiempo y el espacio. La conexión literaria era directa: Michael Moorcock, editor de la revista New Worlds y autor de la tetralogía de Jerry Cornelius, actuaba como «suplente» del poeta Robert Calvert, contribuyendo temas como «The Black Corridor» y «Sonic Attack».
Al otro lado del Rin, Kraftwerk inventaba en 1974 con Autobahn un sonido que encarnaba el futurismo sin recurrir a referencias explícitas de ciencia ficción: máquinas, autopistas, señales electrónicas. Junto a otros grupos del llamado movimiento «kosmische Musik» —Can, Tangerine Dream, Cluster—, sentaron las bases de una electrónica que décadas más tarde alimentaría tanto al techno de Detroit como al synthwave contemporáneo.
El arte visual de las portadas: Hipgnosis, Roger Dean y la iconografía del futuro
No se puede hablar de ciencia ficción en la música sin abordar las portadas de discos, que durante los años setenta constituyeron un género artístico autónomo. El estudio Hipgnosis, liderado por Storm Thorgerson, diseñó los paisajes surrealistas de Pink Floyd (Animals, Wish You Were Here), mientras que Roger Dean creó los mundos flotantes de Yes y Uriah Heep con un estilo que mezclaba fantasía, bioluminiscencia y arquitectura imposible. Hugh Syme con Rush, Kim Poor con Steve Hackett y Phil Travis con The Moody Blues —cuya portada de On the Threshold of a Dream presentaba un paisaje espacial en toda regla— completaban un ecosistema donde la imagen anticipaba o amplificaba el contenido sonoro. Más recientemente, la portada de Tranquility Base Hotel + Casino (2018) de los Arctic Monkeys actualiza esa tradición con su diorama lunar construido por el propio Alex Turner.
El afrofuturismo llega al techno: Detroit, Drexciya y la ciencia ficción negra
La confluencia más fértil entre ciencia ficción y música se produjo en el Detroit de los años ochenta. Juan Atkins, Derrick May y Kevin Saunderson —los llamados Belleville Three— crearon el techno a partir de una síntesis que incluía la electrónica de Kraftwerk, los ritmos funk de Parliament-Funkadelic y los conceptos futuristas del escritor Alvin Toffler. El contexto importa: la ciudad atravesaba una desindustrialización brutal, Motown Records se había mudado a Los Ángeles, y aquellos jóvenes productores negros respondieron inventando una música de esperanza que transcendía su presente mediante la imaginación del porvenir. El DJ y productor John Collins lo definió como «una música de esperanza, de vivir en un tiempo mejor, porque la música nos trasladaba a un tiempo donde la gente coexiste».
Dentro de este ecosistema, Drexciya —el dúo formado por James Stinson y Gerald Donald, activo en los noventa— llevó la ficción especulativa al extremo: crearon una mitología submarina completa sobre una raza de seres nacidos de las mujeres africanas arrojadas al mar durante la trata de esclavos, que habían desarrollado la capacidad de respirar bajo el agua. Sus discos en sellos como Submerge y Underground Resistance desplegaban una estética visual y narrativa tan elaborada como cualquier novela de ciencia ficción, y su influencia en el electro y el techno experimental sigue vigente.
Steampunk musical: de Paul Roland a Steam Powered Giraffe
El steampunk como corriente musical diferenciada tiene un padrino reconocido: el británico Paul Roland, cuyo álbum debut The Werewolf of London (1980) ya exploraba temas victorianos y edwardianos con un sonido que fusionaba pop psicodélico, rock gótico y barroco. Su canción «The Great Edwardian Air Raid», escrita a mediados de los ochenta, es considerada la pieza que conectó explícitamente la música con la estética steampunk, mucho antes de que el término se popularizara. Como el propio Roland ha admitido con humildad, él simplemente «estaba complaciendo su afecto por H.G. Wells y la elegancia edwardiana». Joshua Pfeiffer, fundador de Vernian Process, lo reconoce sin ambigüedades: «Si alguien merece el crédito de haber encabezado la música steampunk, es él».
La formalización del género llegó con Abney Park, banda de Seattle formada en 1997 como proyecto gótico que en 2005 abrazó oficialmente la identidad steampunk. Robert Brown, su líder, creó una narrativa ficcional completa: el grupo había colisionado con una máquina del tiempo llamada «Ophelia», se había apoderado de la nave y se había convertido en piratas aeronáuticos. Su música mezclaba world music, industrial, swing, música gitana del este europeo y EDM con instrumentos como el theremín, la sierra musical, el acordeón, el banjo y el órgano de tubos. En paralelo, Vernian Process (San Francisco, 2003) adoptó un enfoque más neoclásico y progresivo, inspirándose en Jules Verne, H.P. Lovecraft y H.G. Wells para crear discos como Behold the Machine (2010), que fusionaba darkwave, trip-hop, rock progresivo y ragtime con temáticas de romance científico victoriano. El Museo J. Paul Getty de Los Ángeles les encargó en 2014 un vídeo para promocionar su colección de fotografía victoriana.
Steam Powered Giraffe, nacido en San Diego en 2008, representa la vertiente más teatral del movimiento: los gemelos David e Isabella Bennett crearon un universo ficticio de autómatas cantantes construidos en la década de 1890, con una mitología expandida a través de cómics, podcasts y actuaciones donde la pantomima robótica se combina con un sonido que oscila entre el cabaret, el rock nostálgico y el funk. Su trabajo ha trascendido los escenarios convencionales —San Diego Zoo, Legoland, Downtown Disney— y ha producido bandas sonoras para videojuegos como SteamWorld Heist (2015) y su secuela de 2024.
Anatomía sonora del steampunk: instrumentos y textura
La música steampunk se distingue de otros subgéneros por su paleta instrumental deliberadamente híbrida: voces teatrales y composición narrativa conviven con acordeones, violines, chelos, metales, banjos, ukuleles, percusión manual, piano y sonidos de cajas de música o máquinas de escribir, todo ello combinado con guitarras, bajos, baterías, sintetizadores y texturas industriales. Las letras giran en torno a dirigibles, mecanismos de relojería, autómatas, exploradores e inventores, frecuentemente con una crítica al imperio y las clases sociales que convive con la celebración de la aventura y la cultura maker. Un instrumento emblemático que conecta con la era del vapor es la calliope (u órgano de vapor), un instrumento estadounidense del siglo XIX que producía sonido enviando vapor a través de grandes silbatos, utilizado originalmente en barcos fluviales y circos. La calliope, con sus teclas de latón bruñido por el calor y la humedad del vapor, resume la filosofía estética del steampunk: tecnología ruidosa, vistosa y mecánicamente honesta.
Los espectáculos en vivo son altamente performativos, con atuendos neovictorianos, gafas de aviador, accesorios anacrónicos integrados en la coreografía y la participación del público. La infraestructura comunitaria creció a través de festivales como The Asylum Steampunk Festival en Lincoln (Reino Unido) —el más grande del mundo, que celebra en agosto de 2025 su decimoquinta edición atrayendo participantes de todo el planeta— y noches temáticas en clubes.
Synthwave, darksynth y la ciencia ficción del neón
Si el steampunk mira al pasado victoriano para reimaginar el futuro, el synthwave hace lo propio con los años ochenta. Este subgénero, surgido a finales de la primera década del siglo XXI, reconstruye el sonido de las bandas sonoras de John Carpenter —Halloween (1978), The Fog (1980), Escape from New York (1981)— mediante sintetizadores analógicos, cajas de ritmos electrónicas y una estética visual saturada de neón, líneas de cuadrícula y puestas de sol cromáticas. Carpenter no solo dirigió clásicos del terror: también compuso sus bandas sonoras, y su estilo minimalista de sintetizador —a la vez inquietante y atmosférico— se convirtió en la plantilla sonora que artistas como Carpenter Brut y Perturbator canalizarían décadas después hacia el darksynth, una variante más agresiva y oscura.
El ecosistema synthwave incluye ramificaciones como el outrun (inspirado en videojuegos de carreras y películas de acción de los ochenta), el future funk (que mezcla funk, disco y house con muestras de aquella década), el chillwave y el dreamwave. Daft Punk, con Discovery (2001), anticipó gran parte de esta estética al crear un sonido retrofuturista que sampleaba el pop y el disco de finales de los setenta, reinventándolos con auto-tune y sintetizadores hasta difuminar la frontera entre lo humano y lo maquinal.
Vaporwave: la ciencia ficción como crítica del capitalismo tardío
Si el synthwave celebra la nostalgia de los ochenta, el vaporwave la deconstruye. Nacido en torno a 2011 en foros de Tumblr y Reddit, este movimiento —cuyo álbum fundacional es Floral Shoppe (2011) de Macintosh Plus (Ramona Andra Xavier, alias Vektroid)— trocea y ralentiza samples de muzak corporativo, smooth jazz y pop de los ochenta para generar una atmósfera onírica y perturbadora. El track «リサフランク420 / 現代のコンピュー» se convirtió en himno involuntario del movimiento, y su estética visual —bustos romanos, gráficos de Windows 95, colores neón y centros comerciales vacíos— constituye una reflexión irónica sobre las promesas incumplidas del capitalismo tardío.
El musicólogo Adam Harper fue uno de los primeros en vincular el vaporwave con el aceleracionismo: estos músicos «dejan fluir la música que lubrica al Capital, abren la puerta a un sublime monstruosamente alienante, tuercen la distopía en utopía y viceversa, y te retan a que no te guste». Sea leído como sátira anticapitalista o como aceleracionismo genuino, el vaporwave funciona como ciencia ficción sonora del presente: una distopía donde el futuro prometido se ha convertido en bucle nostálgico infinito.
Afrofuturismo contemporáneo: Janelle Monáe y Deltron 3030
En el cruce entre hip hop, R&B y ciencia ficción, dos proyectos destacan por su ambición narrativa. Deltron 3030 —el trío formado por Del the Funky Homosapien, Dan the Automator y DJ Kid Koala— publicó en 2000 un álbum conceptual homónimo ambientado en un año 3030 distópico, donde un soldado mecánico llamado Deltron Zero desafía a las corporaciones megalíticas compitiendo en el Campeonato Galáctico de Rimas. Los samples provenían del compositor clásico francés William Sheller, las letras fueron escritas en menos de dos semanas, y las alusiones a Sun Ra y George Clinton eran explícitas. El resultado fue calificado por NME como «el álbum de hip hop más puramente disfrutable del año 2000».
Janelle Monáe llevó el afrofuturismo al mainstream con su saga «Metropolis», una serie conceptual que arrancó con el EP Metropolis: Suite I (The Chase) (2007) y continuó en The ArchAndroid (2010) y The Electric Lady (2013). La protagonista, Cindi Mayweather, es un androide que viaja en el tiempo para liberar a los ciudadanos de una metrópolis opresora donde los robots tienen prohibido amar a los humanos. La fusión de funk, R&B, rap, rock psicodélico y soul en un marco narrativo heredero de Philip K. Dick e Isaac Asimov convirtió a Monáe en la figura más visible del afrofuturismo musical del siglo XXI.
La vanguardia: inteligencia artificial, producción generativa y el futuro retrofuturista
El terreno más reciente es también el más incierto. Desde 2024, plataformas de generación musical con IA ofrecen herramientas específicas para crear música «retrofuturista» y «steampunk» mediante texto, sin necesidad de formación musical. Proyectos como los vídeos musicales generados íntegramente por IA —con herramientas como Midjourney, Kling AI y Runway ML combinadas con generadores de audio— han comenzado a poblar YouTube con piezas que fusionan estética steampunk, fantasía oscura y producción electrónica sin intervención humana directa.
La cuestión que plantea esta frontera no es meramente tecnológica, sino filosófica: si el steampunk surgió como reimaginación analógica y artesanal de la tecnología, ¿qué ocurre cuando esa reimaginación la ejecuta un algoritmo? La cultura maker que siempre sostuvo al steampunk —la modificación de instrumentos, la construcción de accesorios, el diseño de escenografías— choca frontalmente con la producción automatizada. Algunos creadores abrazan la herramienta como extensión natural del retrofuturismo; otros la perciben como la antítesis de la filosofía DIY que dio origen al movimiento.
Mientras tanto, el synthwave experimenta un crecimiento sostenido en 2025, con mixes de varias horas que acumulan millones de reproducciones en YouTube y una escena de artistas como Kavinsky, FM-84, The Midnight, Timecop1983 y Gunship que mantienen viva la estética del neón y el retrofuturo. El Asylum Steampunk Festival de Lincoln prepara su decimoquinta edición para agosto de 2025 con proyección global. Y la Sun Ra Arkestra, tras más de setenta años de actividad ininterrumpida, recibió una nominación al Grammy en 2026, demostrando que la música cósmica no caduca.
La tensión productiva entre nostalgia y anticipación
Lo que une a todos estos movimientos —desde el jazz saturnino de Sun Ra hasta la darksynth de Perturbator, desde los piratas aeronáuticos de Abney Park hasta el vaporwave de Macintosh Plus— es una tensión productiva entre la nostalgia y la anticipación. Ninguno de estos géneros mira al futuro de forma literal; todos filtran el mañana a través de los materiales del ayer. El steampunk usa latón y vapor; el synthwave, sintetizadores analógicos y neones; el vaporwave, el muzak de centro comercial de los noventa; el afrofuturismo, el jazz, el funk y la tradición oral africana. Es ciencia ficción en el sentido más estricto del término: especulación sobre lo posible a partir de lo que ya existe.
Las tendencias apuntan a una hibridación creciente. Los generadores de IA ya permiten crear en minutos lo que antes requería meses de producción artesanal, lo que democratiza el acceso pero diluye la especificidad cultural que hizo únicos a estos movimientos. La pregunta no es si la IA producirá steampunk o synthwave convincente —ya lo hace—, sino si esa producción conservará la carga crítica, narrativa y comunitaria que distinguió a estos géneros de un mero ejercicio estético. El futuro de la música de ciencia ficción, paradójicamente, dependerá de cuánto de su pasado logre preservar.


